A UN MILITANTE POR LA VIDA
A JAVIER DIEZ CANSECO
Desde muy joven transitó, como muchos otros de su (y mi) generación, por el camino de la justicia social. Le conocí en VR cuando este núcleo de combatientes integraba a otro joven de gran valía, Jorge Villarán que también partió a la eternidad. Eran tiempos de cambio e impacto revolucionario que impulsó la “consagración” de todo joven sensible a tomar en sus manos la defensa de los oprimidos y explotados. “Quienes, (en palabras de Javier) como jóvenes, a fines de los 60, optamos por la izquierda en la lucha por la justicia y la equidad, hicimos de estos principios más que una opción política. Tomamos una opción de vida (..).Un compromiso al que se subordinó todo lo demás: estudios, carrera profesional, familia… Una combinación de ira y náusea con la política formal imperante nos empujaba. El país era feudo de la injusticia, el abuso y la corrupción”(Exorcizando Izquierda Unida, pag. 101. Libro: Apogeo y crisis de la izquierda peruana)
¿Utópicos, románticos? Una cosa es cierta: su amor al prójimo, amaron la causa humana, fueron, si se quiere, “ateos de la Cruz” que cargaron la cruz de la humanidad, sin reconocer a Jesús el Cristo.
Javier como todo militante por la vida, cualquiera sea su “génesis y agonía”, no ha muerto, porque “No son muertos los que están en la sepultura, muertos son lo que muerta tienen el alma y viven todavía” (González Prada)
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